La Película de Manuel

Para abarcar a Manuel Puig no bastan esos destellos delicados. Creo que nadie que conozca su obra y sus datos mas conspicuos se sorprenderá si revelo que, al evocarlo, Manuel se me aparece siempre bajo una forma alarmantemente cinematográfica. Él o el personaje que hacía de él o quizás ambos exigen secuencias enteras y elaboradas, hechas de frases convenidas y poses de estudio, muecas, guiños, suspiros, susurros, todo el arsenal en suma de las vamps de la vieja pantalla de plata.

La memoria, benévola, nos devuelve a quienes perdimos a través de imágenes que, aunque fragmentarias y fugaces, parecen contener la esencia misma del ausente. En un breve, inconcluso encadenamiento de gestos, en una sonrisa luminosa y persistente, en los tres cuartos de un perfil contra la luz de una tarde de no sabemos cuando o donde, el que fué vuelve por un instante a ser tal como era y tal como lo quisimos.

Pero existen irregularidades en estas operaciones de rescate del pasado. Así, para abarcar a Manuel Puig no bastan ésos destellos delicados. Creo que nadie que conozca su obra y sus datos mas conspicuos se sorprenderá si revelo que, al evocarlo, Manuel se me aparece siempre bajo una forma alarmantemente cinematográfica. Él o el personaje que hacía de él o quizás ambos exigen secuencias enteras y elaboradas, hechas de frases convenidas y poses de estudio, muecas, guiños, suspiros, susurros, todo el arsenal en suma de las vamps de la vieja pantalla de plata.

Precisaré que no se trata de una visión personal o, mas oportunamente, de una proyección privada. Otro amigo, Claudio Segovia, me dice que el recuerdo de Manuel toma tambien para él el aspecto de una actuación, se le hace escena de cine. Cuando Manuel llega a nuestras conversaciones, el aire se carga irresistiblemente de gestos y réplicas. Ocurre que su gusto por el artificio, del que uno, claro, era partícipe, desbordaba con fuerza las ocasiones y los espacios propicios para impregnar, para infiltrarse en todos o casi todos sus momentos.

Manuel era un irrecuperable adicto al deuxième dégré. Creo no haber tenido un solo encuentro, una sola charla, donde él no hiciera intervenir, a manera de lazo, la distancia teatral.

Nunca supe de que modo elaboraba íntimamente las circunstancias de su vida. Sí ví en cambio como y con cual convicción las actuaba; es decir como y con que eficacia les superponía el velo de la ficción.

Empleando la lengua de hoy, ¿ cabría decir que Manuel "se hacía la película" ? No, porque sería encerrarlo en ésa misma banalidad contra la cual justamente siempre obró. Si bien es cierto que, actuadas o escritas, todas sus ficciones se alimentaban exclusivamente de lo cinematográfico, no había nada de ingenuo ni de fraudulento en el modo en que las manipulaba. Quién "se hace la película" embarulla la realidad y se engaña a si mismo, con deliberación o por falta de perspicacia.

Manuel, en cambio, ponía en escena o mas exactamente en una pantalla virtual, la realidad y todas sus servidumbres. Sospecho que lo hacía para que lo lastimara en la menor medida posible. Tambien quizás el contemplar con la distancia del espectador los efectos por él mismo creados le permitiera aferrar mejor el sentido de las cosas.

Al mismo tiempo que ejercía de fecundo productor de cines, Manuel se re-inventaba en permanencia. Muy temprano su sensibilidad había sido subyugada por Hollywood. Cómplice en la sumisión, él usó las pantallas de Hollywood a la vez como filtros protectores y claves de interpretación de lo cotidiano.

Con el tiempo se va haciendo claro que se trataba de un excéntrico - y no grande sino mayúsculo. No ejercía por cierto de personaje raro, a la manera inglesa, con atuendos insólitos y comportamientos vistosos. Su excentricidad, mucho más sutil y subcutánea, estaba contenida toda entera en la lectura del mundo, de la comedia humana, que hacía en voz alta y con una gracia enorme.

A las categorías culturales y intelectuales prevalentes sustituía sus códigos propios, su configuración personal de los parámetros del 'camp'.

Se distinguía, ante todo, por el uso imperioso y constante, o mejor: categórico y obsesivo, que hacía del género femenino. El artículo "la" era literalmente determinante para Manuel. Cada cosa empezaba por un "la", que correspondía además oír con una mayúscula inicial, "La", como se requiere ante el nombre de una gran diva de la ópera o de una prima ballerina assoluta.

Lo había instituido su denominador universal y lo aplicaba, ecuánime como un hada de fábula, no solo a los seres vivos, a comenzar por sus amigos, sino también a todo lo que le concernía: las ciudades (la Río, la París), sus obras (La Boquitas, La Pubis, La Beso), los editores de sus obras (la Gallimard), los periódicos y revistas que se ocupaban de sus obras (La Le Monde) y así ad infinitum.

Los únicos seres exentos de "La" eran, paradojalmente, las estrellas que más amaba y respetaba, sus íconos máximos, a las que se refería familiarmente como Rita, Lana, Greta, Marlene, Bette, Hedy.

Reservaba el masculino para los hombres que por su virilidad aparente, y a veces hasta aparatosa, representaban objetos de deseo o también para figuras como la de su padre, que en algún momento había dejado fuera de cámara.

La feminidad de la que necesitaba rodearse, quizás para perderse en ella como en una nube vaporosa y perfumada, no tenía desde ya nada en común con aquella, múltiple, multicolor y hasta contradictoria de las señoritas y señoras de todos los días. Manuel se especializaba claramente en la mujer transmutada en star, es decir en artificio terminal, en monstruo de perfección, en quimera superlativa: Rita, Lana, Greta, Marlene, Bette, Hedy.

Insistía en presentar el mundo como un modelo aumentado de un hipotético Hollywood de la Edad de Oro, poblado de grandes estrellas y pequeñas actrices, leading ladies y starlettes, atrapadas en una red de intrigas, rivalidades, complicidades y alianzas pero todas unánimes en la búsqueda del gran amor. Una ficción atrayente, a la que era placentero asociarse, evidentemente sin creer un solo segundo en ella. Tampoco él creía, por supuesto: jugaba nomás a hacer creer que creía – pero sin confesarse que era todo actuación.

El impulso que lo hacía persistir en su fabricación de fantasías, invariablemente referidas a algún u otro film, era por supuesto el mismo que lo llevaba a escribir. Lo hablado y lo escrito venían del mismo punto en él y habían recorrido el mismo espacio dentro suyo. Y aunque toda su obra haya sido directa o indirectamente un relato autobiográfico, me pregunto si ése juego permanente de ecos y espejos del que se servía en la vida y en la escritura lo hubiera autorizado o bien inhibido en el momento de escribir verdaderamente su autobiografía.

¿ De cual voz, o cual repertorio de voces, se hubiera servido, bajo cuales máscaras hubiera procedido y mediante qué efectos especiales hubiera contado la verdad a partir de una trama de imaginaciones?

No es imprudente pensar que hubiera otra vez más interpuesto el cine entre él y su relato. Pero esa, qué pena, es la película que ya no nos contará.

Publicado en Manuel Puig Presenta, Fundación Internacional Argentina, Buenos Aires 2006

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