Hombres y Perlas

De todos los elementos que sirven al adorno del cuerpo, las perlas son tal vez el que más inmediatamente asociamos a la idea de feminidad. En el juego de roles del inconsciente la perla es mujer y lo es según el canon antiguo: suave, leve, oronda, plácida pero vistosa, sensual con pudor, oriental, angelical.

Hombres y Perlas / Publicado en Vogue Italia En 2001 con el titulo Uomini e Perle

Traducido y adaptado al castellano por el autor © Javier Arroyuelo

De todos los elementos que sirven al adorno del cuerpo, las perlas son tal vez el que más inmediatamente asociamos a la idea de feminidad. En el juego de roles del inconsciente la perla es mujer y lo es según el canon antiguo: suave, leve, oronda, plácida pero vistosa, sensual con pudor, oriental, angelical. Nace además en circunstancias singulares - un fragmento foráneo se introduce en una ostra y alrededor de la irritación que crea se va formando la preciosa criatura- que evocan extrañamente aquel asunto de la penetración que lleva a una concepción, aunque está claro que a la arquetípica señora con el pelo rociado de spray y el acostumbrado collar en su lugar ni se le ocurre pensar que lleva al cuello las pruebas patentes de un acto sobrecargado de sugerencias.

Tal idea sí pudo en cambio haber atravesado la mente de Henry Cyril Paget, quinto Marqués de Anglesey, personaje del ruidoso fin de la era victoriana. Las perlas estaban en el centro de la elaboradísima estrategia que desplegaba para darse un estilo de altísima teatralidad. Estilo que requería innumerables joyas extraordinarias y trajes delirantes.

El Marqués murió en la bancarrota en 1905. Tenía treinta años.

Su pasión por la escena lo llevó a transformar en teatro la capilla de Plas Newydd, la venerable propiedad que había tenido el buen tino de heredar. Se puede suponer que amaba las perlas por sus intrínsecas cualidades femíneas, por la gracia y ligereza que poseen, su sofisticación redonda y plena y que de algún modo creía que todos estos dones se transmitirían a su persona. En todo caso, se cubría de perlas, con la loca, desesperada dadivosidad del narcisista incurable.

Como los metales y las piedras también las perlas están supuestas cargar oscuros poderes: Kokichi Mikimoto, el hombre que inventó su cultivo masivo, decía que el secreto de su longevidad era la ingestión de dos perlas, todas las mañanas, en ayunas. Se puede conjeturar con melancolía que de haber adoptado ese régimen el Marqués de Anglesey hubiera podido vivir los Roaring Twenties, época tan acorde a su personalidad extravertida. Quién sabe qué efectos perlados su presencia hubiera operado sobre la historia de la frivolidad.

Dejando toda superstición de lado, en el limitado repertorio de la joyería para hombre las perlas aparecen como un sutil complemento de lujo, en gemelos y alfileres de corbata, jamás prepotentes, una nota apenas. La cantidad de perlas que un hombre – y decimos un hombre, no un excéntrico inglés- puede llevar, pareciera limitarse a dos a la vez. En principio, superar esa cuota significa no solo cruzar las fronteras del gusto tal y cual se lo practica y acepta sino que implica además asumir una decidida, militante ambigüedad. Y la ambigüedad, se sabe, no es un valor para nada seguro hoy y aquí en la escala masculina.

A pesar de la distancia irónica y de las otras armas de deconstrucción que nos provee la ya vieja postmodernidad, en nuestro mundo el hábito no hará al monje pero sí hace al macho. La ostentación y las fantasías sastreriles son aceptadas e incluso previstas solamente en y para la mujer. El narcisismo viril debe contentarse con las múltiples delicias de la cosmética y con la ayuda innegable de la cirugía correctiva, siempre y cuando los resultados sean de una discreción ejemplar. Jamás el hombre conocerá la plétora de satisfacciones que se conceden a la vanidad de su pareja.

En una sociedad que se apura a proclamar, no sin alarmas, la existencia de un 'hombre nuevo' por el simple hecho de que dos o tres maridos declaran que hacen la limpieza y se ocupan del bebé sin problemas, la conjunción " hombres y perlas" exhala un obstinado perfume de decadencia. Como las plumas, las perlas en cierta profusión desmienten ruidosamente la masculinidad del que se atreve a llevarlas. En general, nos vestimos y nos adornamos para imponer respeto y seducir, dos posibilidades automáticamente negadas a cualquier hombre que se atreviera a las extravagantes ornamentaciones del Dancing Marquess, Anglessey el bailarín.

Y nadie ciertamente es más machista al respecto que las mujeres: la gran mayoría rechaza disgustada la idea de un amante cubierto de perlas.

Siglos mentales han transcurrido desde que Rodolfo Valentino, quién no le hacía asco al emperifollamiento con perlas anexas, patentó un modelo de Latin Lover hoy decididamente no creíble.

Hubo tiempos en los que las perlas formaban parte de la panoplia de los señores más insignes. En el Renacimiento, edad de fastuosidades fabulosas, de draps d'or y de plata y terciopelos y brocados y pieles y atuendos a menudo enteramente recubiertos de piedras preciosas, las perlas eran un indicio suplementario de la alta posición del personaje que las lucía. Carlos Quinto, Henry VIII, François Ier creían en la opulencia como afirmación suprema de su jerarquía y sus personas reales debían transmitir la impresión que estaban no ya vestidas sino acorazadas de esplendor. Con este despliegue de poder enfatizaban a la vez su virilidad.

Tal uso metafórico es imposible hoy, cuando el máximo ornamento es el oro con que se cubren como distraídos los patrones/estrellas del rap. De hecho la coraza de nuestro tiempo, el atuendo de poder y prestigio, es el impecable blazer cruzado azul, idealmente llevado con la seguridad en sí mismo y las sienes plateadas de un Gianni Agnelli – un señor difícilmente imaginable ostentando perlas.

El varón ornado de las clases altas persistió en la senda del exceso, agregándose cada vez mas rubans y carmín y polvos y pelucas hasta que el violento crash de la Revolución Francesa puso un decidido punto final a tantos siglos de espectacular afeminamiento.

Hoy estamos en plena exaltación de la apariencia macha. La decoración varonil incluye por cierto aritos y anillitos y anillazos por todo el cuerpo e incluso a juicio mío un poco demasiado por todo el cuerpo pero cumplen la función no de lo bonito sino de lo agresivo: están destinados a reafirmar potencia, como ya lo hacían los monarcas renacentistas, aunque aquí obviamente en otro plano.

Igual carga de hostilidad tienen los tatuajes, hoy tan de moda, inspirados de mitologías hamponas o del universo marginal, violento y speed de los Hell Angels - otro prototipo varonil decididamente en discordia con las perlas.

Es cierto que hace ya años que vemos desfilar en las pasarelas del prêt-à-porter para hombres faldas y corsés y boas y tacos aguja y por supuesto también perlas, por ejemplo en constelaciones bordadas sobre chaquetillas y boleros. Sin embargo la certeza final por excelencia del vestuario masculino sigue siendo la combinación de un par de jeans con una campera de cuero, fórmula que sería necio querer aparejar con los productos de Mikimoto.

Solamente en un contexto decididamente anacrónico y declaradamente exótico, como la India de los maharajaes, parece posible, admisible, admirable y glamorous el uso de las perlas como símbolo de autoridad y gallardía.

Un hombre emperlado nos pone ante la vieja oposición entre lo sobreentendido y lo sobrecargado, es decir entre la elegancia tradicional y el Kitsch & Rich. Sirva de prueba Elton John, que en materia de kitschería n'est pas à une perle près. En un punto de la historia del gusto en el que, nos guste o no, se tiende a enfatizar los géneros, Yo Hombre, Tú Mujer, el hombre en perlas no puede ser concebido sino en un contexto de extravagancia extrema, sentido del humor y deuxième dégré.

Muchas, si no todas, las formas de embellecimiento masculino, del cuerpo de gimnasio en adelante, tienen sin falta origen en trends creados o recuperados o en algún modo alimentados por los gays. Curiosamente, los gays favorecen los aspectos virilizantes y se empecinan en una búsqueda de la tosquedad que aunque por cierto algo rococó no incluye para nada el porte de perlas barrocas.

Todo esto permite concluir que las perlas son en un hombre un gesto todavía raro, altamente individual, ni exigido por las condiciones socio-económicas existentes ni tampoco por ningún fashion diktat. Naturalmente existe la probabilidad que no apenas terminado de leer este renglón estalle una repentina, enloquecida moda de las perlas para hombres y se lo vea a George Clooney con una gargantilla de tres vueltas de robustas límpidas cándidas perlas. Claro que llevadas por él...

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