Christian Dior

A cien años del nacimiento de Christian Dior, la saga de su nombre se escinde en dos períodos totalmente simétricos pero pronunciadamente dispares...

Christian Dior / Javier Arroyuelo

1905-2005 : a cien años del nacimiento de Christian Dior, la saga de su nombre se escinde en dos períodos totalmente simétricos pero pronunciadamente dispares. El primero, acabado en 1957, corresponde al recorrido de Christian Dior/el hombre; es el arco, desafortunadamente breve, de su vida. El segundo, de aquella fecha al presente, transcurrió bajo el signo de Christian Dior/la marca, que ha adquirido hoy un estado de destello permanente.

Entre estos dos momentos, la distancia cultural es enorme: aunque próximas en el tiempo, la vida y obra de Monsieur Dior, la sociedad y el sistema de valores de los que participaba su moda, y de los que era uno de los mas conspicuos signos exteriores, hacen parte del pasado irrevocable; han adquirido esa calidad pastosa, brumosa, que hace a la Historia indiscernible de la ficción. Desde el ahora las contemplamos como a través de un velo. Es un mundo, anterior a la avalancha del rock’n’roll y a la edad del jet, que se nos aparece además en blanco y negro, lo cual lo vuelve aún mas irreal.

Christian Dior desaparece poco antes de que los Sixties vinieran a descomponer y recomponer los modos de vida y los modos de hacer arte, cultura y moda, es decir todo el habitat intelectual y emocional de este gran burgués que amaba lo artístico, lo decorativo, lo refinadamente placentero. Estaba, según el cliché, en el ápice de la fortuna y de la fama y su Maison era el paradigma del éxito couturier. Este emporio, este imperio, este empíreo fashion había tenido como memorable y mágico instante fundador, sobrevenido un día de febrero de 1947 en los salones del 30 de la avenue Montaigne, la primera collección firmada Christian Dior. Presentó entonces la elegancia bajo una forma que pareció inédita al punto de ser inmediatamente bautizada ‘New Look’, y bastó esta fórmula de Carmel Snow, la poderosa directora de Harper’s Bazaar para confirmar y incrementar el instantáneo alcance de leyenda de los noventa vestidos mostrados. No existe probablemente en la historia de la moda otro momento de igual intensidad: por el tono flamante y decididamente eufórico de lo que mostraba, este desfile marcó simbólicamente, con mas fuerza que cualquier hecho político o social, el inicio de la posguerra.

No es asombroso que el look apareciera nuevo ante los ojos del planeta entero –y locamente excitante y extravagante y deliciosamente parisien. Christian Dior marcaba nada menos que un retorno al fasto mas descarado. Pero no obstante el vínculo obvio a lo suntuoso, el New Look es en primer lugar un signo gráfico extremadamente puro, un largo perfil fluido dibujado de un solo trazo: hombros redondeados, seno acentuado, torso diminuto, talle ceñidísimo, falda enfáticamente évasée. La linearidad no admite detalles superfluos. En su concisión ejemplar los vestidos son al mismo tiempo su propia sombra china.

Pero todas las modas pasan, aún las mas superlativas, aún las mas determinantes. Christian Dior, mago del oficio, no dejó envejecer el New Look siquiera un minuto. Y cuando todas las posibles variaciones en torno al tema y todas las prolongaciones fueron agotadas, él desarrolló otros temas, todo un silabario de siluetas, de la H a la Y pasando por la A. Percibía l’air du temps, el espíritu de cada nuevo momento, y se adaptaba a él y también, sin inútil divismo, a las exigencias y a la volubilidad de las clientas. Poseíaa aquella ductilidad casi monstruosa sin la cual se puede seguramente crear ropa, o incluso inventar un estilo, pero no se llega a hacer moda, es decir a trabajar inscripto en lo que no deja de pasar. Christian Dior era por si mismo una máquina de producción de modas. Y justamente, puesto que vivió y diseñó en y para su tiempo, no hay uno solo de sus vestidos que pueda ser propuesto o llevar puesto hoy tal y cual como fuera concebido. En lugar de una panoplia estilística, su herencia son un concepto y un clima, ambos enteramente contenidos en las cuatro letras del nombre, que suenan y se leen como una ráfaga de chic, con un punto de admiración virtual.

Christian Dior fué un hombre del siglo XX, ligado íntimamente a los aspectos y a los hechos mas significativos del período, ya sea por su herencia burguesa o por sus inclinaciones artísticas como por la celebridad, tardía y fugaz pero gigantesca, y en fin por la relación de seducción que supo establecer con los Estados Unidos, sede central de la fama.

Los emblemas culturales del siglo son tambien los suyos personales. Fue un niño suave, apacible, el típico preferido de su mamá, con precoces pasiones por las flores, los jardines, la decoración, les jolies choses, y luego un muchacho tímido, descontento de su aspecto físico, a menudo rendido ante hombres y muchachos poco dispuestos al mismo ardor. Como la época quería, vivió la homosexualidad como singularidad estética, atributo de algunos happy few, casi obligados al refinamiento, a la erudición, a la devoción a la esfera mullida de lo bello. De sus años mozos, en una atmósfera de álbum de Lartigue y páginas de Proust, guardará la imagen de las grandes elegantonas comprimidas en sus trajes de cola, chapeautées, enjoyadas, soberbias, percibidas como si hubieran sido magníficas flores, que haría reabrirse, tres décadas mas tarde. No casualmente el nombre que él le había dado originalmente al New Look fué el de estilo corola.

Muy del siglo XX Dior tambien lo fue per su amor por las vanguardias y la vida bohemia. En la galería que abrió en 1928 con su amigo Jacques Bonjean presentaron obras de Braque, Picasso, Gris, Léger, Dalí. Del siglo XX siempre fue tamien por la manera fulgurante en que se volvió célebre y por la inmensidad, la intensidad de su fama. Los años de éxito fueron como un carrusel desenfrenado. A menudo loco de cansancio, Dior no cesó nunca sin embargo de concertar en todo instante nuevos proyectos y de entregarse de lleno a todos a la vez. Tuvo a pesar de tanto frenesí un interludio romántico, mas particularmente insólito porque por primera vez en su vida recibió un afecto recíproco del joven de quien se enamoró, un cantante llamado Jacques.

El final de su historia es inesperadamente romántico y doloroso. Queriendo hacerse mas atractivo para su amante, Dior parte para una cura de adegalzamiento a las termas de Montecatini, en Toscana, a pesar de las admoniciones de su astróloga, Madame Delahaye, cuyos consejos hasta ese momento había siempre respetado al pie de la letra. Muere de un infarto fulminante, después de la cena, sentado aún a la mesa. El afable, exquisito Monsieur Dior, un modelo de urbanidad, de atención, de elegancia, que había proporcionado a las mujeres todo un arsenal de armas de seducción, murió al buscar recrearse a si mismo como agente de seducción. Con él comenzaban a desvanecerse una edad estética e intelectual, una escena social, un universo.

Publicado en Vogue Italia, 2005. Traducido del italiano y adaptado por el autor © Javier Arroyuelo

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